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Bertalicia Peralta, Panamá, 1939
La casa del silencio
La casa del silencio
rómpese a menudo
y se escucha en el cielo
el tránsito del aire
sobre mi testa terca
prodúcese su impacto:
reconozco en mí misma
la imagen fiel del canto
capullo liso vuelve
a conocer mi mano
y en la ruta del labio
sangra lenta la herida
Te miro y me cercioro
Te miro y me cercioro que cada día
estás más lejos de mí
y me divierte comprobar que el aire
nos circunda igualmente
en esta ciudad y en otra
debe pasar lo mismo a tantos conocidos:
es la hora de alejarse
recordaré el hueco sereno de tu vientre
o el color de algún pañuelo
quizás alguna palabra recogida en otros labios
alguien ha de decir un nombre y yo
quedaré paralizada un instante
un ave graznará y luego
sonreiré a esos ojos nuevos que desearán
para sí todo este amor que ahora te entrego
Es toda la soledad
Es toda la soledad quien está contigo
y te seduce
necesaria densa impávida como templo
al que aún no entras
recogida sangre la de tu vidamuerte
distraída tantas veces del horario sonoro
de la máquina que espera por tu sagacidad
crean números como serpientes
que comerán lentamente tu cráneo
y tu barrio de emociones se agolpa y milita
ojos han de salir a tus angustias
para llorar y barbas a tu corazón
para debilitar la esperanza que no morirá
y es que no muere esta vida inmortal
que te estoy heredando
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