José Joaquín Pesado,   México, 1801


A un río

Tú, cuyas aguas bajan sonorosas
en crecido raudal de la montaña
y dilatas tu curso en la montaña
coronado de selvas espaciosas.

Deja que en tus orillas venturosas
mi pena explaye. El llanto que me baña,
mezclado a tus corrientes te acompaña,
hasta el salado mar donde reposas.

Por entre riscos y asperezas veo
que llegas a tu término prescrito,
después de describir ancho rodeo;

sólo mi padecer es infinito
pues vagando sin tino mi deseo
el bien no llego a ver que solicito.


El molino

Tibia en invierno, en el verano fría,
brota y corre la fuente; en su camino
el puente pasa, toca la arquería
y mueve con sus aguas el molino.

Espumosa desciende y se desvía
después, en curso claro y cristalino,
copiando a trechos la enramada umbría
y el cedro añoso y el gallardo pino.

Mírase aquí selvosa la montaña;
allí, el ganado ledo que sestea
parte en la cuesta y parte en la campaña.

Y en la tarde, al morir la luz febea,
convida a descansar en la cabaña
la campana sonora de la aldea.


 
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